Su
padre, empresario y político, jamás consideró la
posibilidad de tener un hijo músico, por lo
que, cuando Oscar reveló sus intenciones, literalmente
ardió Troya.
Aunque Oscar es
ahora un músico polifacético,
capaz de abordar todos los estilos, en el jazz ha encontrado
un adecuado y apasionante foro de expresión.
Un momento que recuerda con mucho cariño es el
de haber tocado, como guitarrista invitado, con varios
ensambles europeos que llegaron a Monterrey; también
recuerda las exitosas presentaciones de sus dos discos
con la agrupación Seven
Changes. Dice que no se
siente satisfecho con el resultado de esas grabaciones,
pero que tienen su valor porque, en su momento, así salieron
de manera natural. Para Oscar eso es muy importante:
respetar el proceso natural de las cosas. Por cierto,
ese nombre, Seven Changes hace alusión al número
que ordena el Cosmos o las cosas del hombre y los cambios
que, incesantemente, todo ente experimenta.
La composición, enfatiza, es su verdadera vocación;
tiene facilidad para ello, pero considera que el talento
debe complementarse con la disciplina. Aunque se distingue
por su permanente autocrítica, no se considera
implacable sino objetivo.
Oscar demuestra especial interés por las filosofías
orientales, a las que les ha dedicado casi el mismo tiempo
que a la música. Ha incursionado por las escuelas
teosófica, gnóstica, metafísica,
por el Cuarto Camino, etc. Ha estudiado astrología,
psicología sistémica, ciencia política
y negocios. Está convencido de que un verdadero
artista debe contar con una amplia cultura y con un amplio
criterio; eso, dice, lo convertirá en una persona
más sólida, capaz de explorar los confines
del conocimiento y de la sensibilidad.
Oscar, que de manera paralela a su actividad artística,
produce, compra y vende espectáculos, jamás
pensó en ser empresario hasta que, en el 2005,
su hijo cumplió tres años. El pequeño
Andrés, que ya lee música y que ya ofreció su
primer recital de piano, parece, hasta ahora, que no
esta interesado en seguir el camino de su padre.
Un día, el Zensei viajaba de Guadalajara a Monterrey,
cuando comenzó a reflexionar en la posibilidad
de producir su disco ideal. Había trabajado muy
esforzadamente en la música y estaba convencido
de tener el talento suficiente para ello. Escribió en
su computadora los nombres de los músicos con
los que quería grabar; la lista incluía
a David Liebman, Jack Wilkins y Ralph Alessi, que, al
final de cuentas, resultaron los tres invitados especiales
al proyecto.
“Afortunadamente las cosas se dieron y de forma
relativamente sencilla. Para lograr algo en la vida,
primero hay que pensar en que uno se lo merece y, después,
hay que dar los pasos en consecuencia y enfocarse en
el resultado.”
Oscar González no pretende compararse ni piensa
en la crítica o en el qué dirán.
Simplemente, hizo un disco con la calidad que el considera
que debe tener, respetando al público y con las
credenciales de 20 años de trayectoria.
Se identifica con colegas suyos que son capaces de tocar,
con igual éxito, guitarras sólidas o huecas.
Afirma que algunos critican su gusto por la Fender Stratocaster,
pero subraya que es necesario que en México se
superen esos encasillamientos, porque el músico
hace al instrumento y no éste al ejecutante.
Para mí, ha sido una gran satisfacción haber
estado presente en la grabación de Psicodrama. Tras
escuchar este repertorio, estoy seguro de que usted estará de
acuerdo conmigo en que Oscar González tiene el signo
de éxito en su horizonte. No puede ser de otra manera.
Germán Palomares Oviedo
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